Desmitificando la sociedad civil cubana

Por Lenier González Mederos

Cuba, en un lapso de 5 años, ya no será gobernada por el liderazgo histórico que propició el triunfo revolucionario de 1959. Esa nueva dirigencia debe saldar varios desafíos económicos y sociopolíticos:

»    Acometer con éxito el tránsito de una economía centralizada (de comando) hacia una economía mixta (con control estatal sobre los sectores estratégicos), pero interconectada con las redes internacionales de creación de valor.

»    Lograr la inserción internacional del país en el sistema mundo, con énfasis en la arquitectura institucional hemisférica, sobre todo América Latina.

»    Concretar la anunciada transición de la “generación histórica” hacia el llamado “relevo político de Raúl Castro”, cuya cara visible es Miguel Díaz-Canel, pero donde podríamos imaginarnos otros nombres de personas jóvenes, asociadas a 1) las Fuerzas Armadas, 2) el Ministerio del Interior, 3) el aparato de relaciones exteriores, 4) niveles intermedios del Partido Comunista, y 5) otros civiles del entorno cercano al presidente Raúl Castro.

»    Reconstrucción de la relación bilateral con Estados Unidos, elemento primordial de estabilidad interna dentro de Cuba.

»   El fin del liderazgo carismático, y la gran transformación que ha tenido lugar en la sociedad cubana, así como el creciente proceso de transnacionalización de la misma, imponen una reconstrucción de la arquitectura institucional del país.

»   Rearticulación del consenso político interno en torno a las metas históricas de la nación (justicia social, independencia nacional, economía mixta y democratización política), intentando sumar a la mayor cantidad de cubanos posibles. Las actuales instituciones han quedado profundamente desconectadas de las nuevas generaciones de cubanos, dentro y fuera de Cuba. En este punto, el tema de la sociedad civil se vuelve crucial.

En tiempos recientes Roberto Veiga y yo hemos tenido la posibilidad de dialogar con muchos diplomáticos y políticos europeos de paso por La Habana, en el contexto de las iniciativas para lograr un nuevo marco de relaciones de la Unión Europea con Cuba; o sea, dejar atrás la llamada Posición Común. En esas conversaciones siempre ha salido a relucir el tema de la “sociedad civil“. Para algunas de estas personas, creo que la mayoría, la sociedad civil cubana es sinónimo, mecánicamente, de disidencia u oposición al Gobierno cubano.

Yo creo que lo mismo sucede aquí en Estados Unidos, donde ha prevalecido una caricatura de lo que es Cuba. Esa imagen nos dibuja un país donde existen dos bloques de actores enfrentados entre ellos: por un lado, un Gobierno comunista integrado por un grupo de malvados ancianitos vestidos de verde y, por otro, grupos de valientes opositores que se enfrentan tenazmente a ellos. Como telón de fondo de esta batalla épica, existen silenciosos obreros y campesinos.

Como podrán imaginarse, la realidad cubana es mucho más rica que eso. Podemos hablar, en los últimos años, de un incremento de lo que algunos sociólogos califican como “densidad” de la sociedad civil cuando analizamos la realidad cubana. Este aumento de la “densidad” se constata en la emergencia y, muchas veces, precaria subsistencia, de redes asociativas que defienden temas diversos.

Parto de la relectura que hace Nancy Fraser de Jürgen Habermas sobre la “sociedad civil”, según la cual, esta no se define necesariamente por ser un bloque homogéneo en confrontacionalidad a un aparato represor que amenaza con intervenir en su historias privadas. La definición es mucho más heterogénea: lo que mejor caracteriza una verdadera autonomía de la sociedad civil no es su capacidad de confrontación con respecto al Estado y su ideología, sino su eterna capacidad de: 1) generar su propia voz (autonomía) y 2) resetear las reglas del diálogo, en cualquier tipo de contexto socio-político (capacidad de incidencia en la sociedad).

Siempre imagino a la sociedad civil cubana estructurada en tres grandes bloques:

1) La sociedad civil oficial, es decir, las redes asociativas vinculadas al gobierno cubano. Aquí encontramos a las llamadas organizaciones políticas y de masas y los sindicatos, muchas de ellos criaturas representativas de la institucionalidad revolucionaria que nace luego de 1959, después del colapso de la arquitectura de la Segunda República (FMC, ANAP, CDR, etc.). Se trata de espacios que, en muchos casos, han visto desvirtuada su identidad institucional y han terminado siento coaptados por el Partido Comunista como mecanismos verticales de transmisión. Ello no quiere decir, en lo absoluto, que hayan dejado de tener impacto en la cotidianidad de sectores importantes del país, aunque con una influencia erosionada. Encontramos, también, a los centros de investigación, universidades, la gran red de espacios vinculados al sistema de la cultura a nivel nacional, más un largo etc. Allí es posible encontrar a los mejores intelectuales y cientistas sociales cubanos, personas con un análisis agudo de las principales problemáticas nacionales y sus potenciales soluciones.

2) En un segundo bloque encontramos a la sociedad civil opositora, que nace al calor de la crisis de los 90, pero que a estas alturas ya ha logrado renovarse tanto en nuevos actores como en nuevos proyectos. Siempre me gusta utilizar el atinado análisis del latinoamericanista alemán Bert Hoffmann para caracterizar a este espectro de la sociedad civil cubana. Subraya Hoffmann el hecho de que una alta politización, caracterizada por la confrontación, hace que cualifiquen más como “una sociedad política opositora, que como una sociedad civil que articula intereses sociales específicos”. Explica que “aun cuando ellas se constituyen como asociaciones profesionales, la polarización política imperante las ha transformado de inmediato de forma tal que su primera y principal definición es la de ser anti-gobierno” (Hoffmann en Alonso 2002:36-45). Las élites políticas en la ciudad de Miami lograron construir la percepción mediática ¿objetivo político que lograron a cabalidad?, de que este pequeño sector de la sociedad, era “la sociedad civil cubana”.

3) En un tercer bloque encontramos a la sociedad civil no opositora, a mi juicio el sector más dinámico e interesante en la Cuba actual. A esta fracción pertenecen, por ejemplo, las redes asociativas vinculadas al espectro religioso cubano, con sus diferentes grados de estructuración. Sin embargo, el accionar de buena parte de los proyectos en este sector, en términos de visibilidad y dinamismo, cobra fuerza en Cuba luego del relevo del poder en 2006. Gracias al ensanchamiento del acceso ciudadano al ciberespacio, al surgimiento de redes alternativas de circulación de la información, a la reactivación del debate público luego de la llegada de Raúl Castro al poder y a la estructuración de “micro esferas públicas” para el debate, etc., se han podido desplegar agendas y quehaceres desvinculados de la perpetua dinámica de conflicto contra el Gobierno cubano. Encontramos acá movimientos sociales por la reivindicación de los derechos de los negros cubanos, de los derechos de los homosexuales, por la preservación del medio ambiente, una cantidad asombrosa de proyectos culturales y barriales, y publicaciones digitales e impresas que han acompañado creativamente el proceso de reformas que vive el país, haciendo propuestas en ámbitos económicos, culturales y políticos. Se trata de proyectos que, en algunos casos, orbitan en la periferia de instituciones oficiales y en otros, completamente fuera de ellas. Muchos de esos proyectos han padecido la suspicacia y el monitoreo por parte del Gobierno cubano. Cabe agregar aquí al emergente sector privado, que con un dinamismo increíble y con pleno apoyo gubernamental, ha hecho su entrada en el contexto nacional.

En el actual contexto que vive el país, donde se trata de construir una transición del liderazgo histórico hacia una nueva generación de actores, el tema de la sociedad civil alcanza una dimensión crucial como potencial elemento generador de consensos, más allá de los apoyos que el relevo político pudiese tener en los poderes fácticos cubanos. El grueso de la responsabilidad en este tema recae sobre los hombros del Gobierno cubano, quien tiene y tendrá un papel clave en el desafío de moverse de una posición de parte a una de garante de la diversidad nacional, mediante la institucionalización del pluralismo.

Cuba no es solo su Gobierno, sino también su sociedad. Esa sociedad se ha trasformado aceleradamente en los últimos años. En la sociedad civil se ha ido desdibujando la férrea dicotomía entre revolucionarios y contrarrevolucionarios. En esa visión bipolar de la política cubana los extremos enfrentados exigían plena lealtad, y todo lo que se saliese, apenas un milímetro, de las dos narrativas establecidas, era tildado de traición.

Desde hace algunos años, el activismo social en Cuba dejó atrás esa manera rígida de asumir la realidad, y podemos encontrar un grupo amplio de actores sociales que, sin estar vinculados a los estamentos oficiales dentro de Cuba, ejercen un quehacer crítico que no implica una ruptura con “lo revolucionario”. Más bien han ido llenando el término de nuevos significados: “lo revolucionario”, lo legítimo, en Cuba hoy se ha ido ensanchando positivamente. En tal sentido “la calle”, es decir, el espacio público, ha sido también de las comunidades religiosas (que han celebrado actos públicos multitudinarios a todo lo largo y ancho del país), “la calle” también es del movimiento LGBT (que cada año celebra marchas y “besadas”), “la calle” es también del movimiento por los derechos de los negros cubanos (que anualmente celebra sus fechas más importantes con actos públicos). Este activismo social de nuevo tipo no está vinculado a la oposición tradicional dentro de Cuba, pero su acceso a la esfera pública tampoco ha caído del cielo ni ha sido un regalo de nadie, sino el fruto de una ardua y constructiva lucha de amplios sectores nacionales. Esos grupos de la sociedad civil han vencido en buena medida el recelo de los sectores oficialistas tradicionales, y han ganado legitimidad y acceso a la esfera pública.

En Cuba se hace necesaria una Ley de Asociaciones heterodoxa y flexible, que dé cabida en su seno a toda la pluralidad de actores que pujan en la sociedad cubana. En un escenario de distención con Estados Unidos, el gobierno cubano tiene el imperativo moral y político de convertirse en garante de toda la pluralidad política e ideológica del país. De esta nueva legislación podría emanar una regeneración de la sociedad civil cercana al Gobierno cubano, y la necesaria institucionalización de la sociedad civil “consentida o tolerada”. A los sectores de la sociedad civil opositora que en el pasado han trabajado acoplados con los andamiajes internacionales de confrontación contra el gobierno cubano, obrando para el “cambio de régimen” o las “primaveras cubanas”, les costará mucho trabajo poder insertarse en este nuevo momento que vive el país.

Una reformulación del consenso político en Cuba sobre las bases de las metas históricas de la nación, implicaría el desmontaje de la arquitectura institucional de corte soviético, entre otras cosas, porque desconoce la pluralidad política nacional. El relevo político cubano tiene el desafío de desatar dinámicas despolarizadoras, que permitan buscar sinergias y negociaciones con grupos de cubanos de ideologías disímiles –dentro y fuera de la Isla– pero comprometidos con esas metas históricas. Necesitamos construir instituciones que sean capaces de procesar el pluralismo.

*Los días 27 y 28 de enero de 2015 un grupo de emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos viajaron a Washington DC para intercambiar con políticos, diplomáticos, periodistas, empresarios y académicos estadounidenses y cubanoamericanos, en un encuentro organizado por el proyecto Cuba Posible y el Cuba Research Center. El texto anterior constituye una ponencia presentada durante esta cita.


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