It’s time to change

MIAMI. Así dijo Olga Tañón en aquel concierto por La Paz en La Habana de 2009. Para entonces tal vez la frase sonó utópica, atrevida, polémica. No pocos en los medios de comunicación masiva especularon y lanzaron misiles de críticas a aquellos “locos” que proclamaban su mensaje de paz y amor por el mundo.

Hoy, a pocas hora de haber culminado la vigésimo séptima entrega del Premio Lo Nuestro, dicho sea de paso, el más veterano de la televisión hispana en Estados Unidos, la ruleta gira alrededor de un solo nombre: Cuba. Una y otra vez signos de agradecimiento y orgullo dan muestra de que el cambio es posible, que Cuba es una parte indiscutible del mundo musical contemporáneo. El Premio Lo Nuestro mostró cartas nuevas.

Símbolos alegóricos a la tierra del sabor y la sandunga le dieron nuevos bríos a un certamen donde la música y los artistas de la isla no tenían cabida tradicionalmente. Con una producción de altos kilates, desde los ensayos se avizoraba un espectáculo peculiar que colmaría de orgullo a los cubanos en cualquiera de sus orillas.

La catedral de Trinidad, los edificios de la Plaza vieja, los almendrones o las mulatas sandungueras fueron las primeras luces de este espectáculo. Acordes musicales y movimiento de cadera bastaron para escuchar las voces de Alexander Delgado, líder de Gente de Zona y Randy Malcom. “Yo quiero”, tema musical que interpretan junto a Mr 305 Pitbull, abrió las puertas del certamen sumergiendo a los asistentes en una Habana de sabor y sandunga.
Adrenalina desbordada y contagiosa que puso de pie a los asistentes del American Airline Arena de Miami. Como si no bastara el calor de los cubanitos en la pista,varios fueron los artistas latinos que desde su género mantuvieron la mira en el talento de los cubanos.

El boricua Marc Anthony hizo suya la letra del guajiro natural Polo Montañez y regaló a los presentes “Flor pálida”, tema recreado en el arte visual del realizador Alejandro Pérez, que si bien no fue mencionado en esta gala, fue merecedor de un Premio Lo Nuestro por el mejor video del año con el tema “Bailando”.

Otro que no quiso quedarse fuera del ambiente cubano fue Ricardo Arjona. El guatemalteco, quien pronto nos sorprenderá con otros vínculos musicales con Cuba, hizo su carta de presentación con “Puente”, sencillo que en versos describe las diferencia que hoy intentan aminorar los gobiernos de Cuba y EE.UU.

En los últimos acordes la humildad y fraternidad del español Enrique Iglesias, ganador en esta ocasión de seis premios, entre ellos a mejor canción del año, cerraba con broche de oro. Tras no haber sido mencionados por fallas éticas o no programadas por la dirección del evento, Iglesias hizo llamar al escenario a los cubanos Descemer Bueno y el dúo Gente de Zona. Los cubanos, agradecidos, gritaron el nombre de su país y lo hicieron repicar en los miles de asistentes al recinto.

Por si fuera poco, Víctor Manuel hizo sonar sus tambores en una muy popular versión interpretada por Laritza Bacallao y escrita por Osmany Espinosa. Al reseñar esa noche de premios, no me queda otra opción que rememorar este “cambio” del que en 2009 se habló en el concierto por La Paz en La Habana. Confiemos sea este evento solo el comienzo para abrir paso al talento, la creación, la ingeniosidad y la cultura musical de Cuba.

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