La ruta del Ecuador

Pero llegó. Con hambre, solo dos dólares en la cartera (el mismo “billete de los dos dólares de la suerte” que acompaña a no pocos isleños) y vistiendo la única ropa más o menos decente que tenía después de atravesar ocho países.

Sí, ocho países. Porque Susana —llamémosla así—, de 32 años y graduada de Contabilidad, salió de Cuba con rumbo a Estados Unidos pero comenzando su travesía por Ecuador, y sin intención turística alguna, debió remontar, con miedo, violencia y dolor, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y México, antes de llegar a su destino, con su “sueño americano” en la sien.

Salió de La Habana el 27 de septiembre de 2014 y pisó suelo estadounidense el 9 de diciembre. Ocho días después los presidentes Raúl Castro y Barack Obama anunciaban el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones y con ello un cambio de política.

El 10 de diciembre de 2014, al otro día de llegar, Susana escribió un correo electrónico a su madre en Cuba. No se arrepentía de nada. No daba consejos a nadie. Pero su historia, contada desde la quietud de una habitación a más de 90 millas de su hogar y un corazón todavía asustado por los tres meses más violentos de su vida, tiene el mismo tono inseguro de los correos, SMS y mensajes por Facebook de otros muchos cubanos que se han arriesgado por esa ruta confiando en una Ley que ahora, con el nuevo panorama político, pareciera moverse sobre una “cuerda floja“.

La primera mentira

Todo comenzó el 27 de septiembre del 2014, cuando salió de Cuba hacia Ecuador con su pareja y dos amigos: Marcos y Alejandro.

Antes de partir habían reservado en un hotel que, según la aerolínea que contrataron, era barato pero con buenas condiciones. Ahí sufrieron la primera mentira. “Lo que encontramos fue un sitio terrible y tuvimos que buscar algo mejor, pero era sólo para dormir.”

Una semana después Alejandro, quien los llevó desde Cuba, consiguió el contacto que los sacaría rumbo a Colombia. “Debíamos pagar 900 dólares por cada uno, o sea, entre mi pareja y yo eran 1800. En total, salí de Ecuador con 4 980 dólares.”

“A Colombia llegamos de madrugada. Nos metieron en la casa de un hombre mayor de edad con cara de capo mafioso. Nos dijo que no nos preocupáramos, que estábamos haciendo lo que debíamos porque Cuba estaba malísima”.

Luego supieron que el objetivo de aquel hombre era hacerse amigo de los que viajan para después contarle a la policía por dónde pasarían los cubanos y cuántos eran. “Así los guardias nos quitarían el dinero y le darían un porciento por persona. Cada vez que veíamos a los policías pagábamos 100 dólares por cada uno.”

Cerca de la frontera de Colombia, desde donde continuarían rumbo hacia Panamá en una lancha, los encontró Inmigración. Los oficiales se subieron en el bus y les dijeron: “Pasaportes en las manos que ahora mismo esto se va a filmar para salir en la televisión y van deportados para Cuba”. Consiguieron desesperarlos y le quitaron 300 dólares a cada uno.

Adiós Colombia

En Turbo, una localidad norteña de Colombia, frente al mar Caribe y cercana a la frontera con Panamá ya estaban libres de Inmigración. “Pasamos la noche en un lugar lleno de hombres fumando marihuana como si fueran cigarros normales, con pistolas y que parecían delincuentes”.

“Nos informaron que la lancha para salir de allí costaba 600 dólares por cada uno, pero mi pareja y yo sólo teníamos 750. No nos alcanzaba y me decían que entonces no había trato. Lloré. Pensé que más nunca saldría de allí, que no vería más a mis seres queridos, a mi niño.”

Todavía estaba oscuro cuando al fin les dijeron que sí se irían y corrieron hacia la lancha para completar una travesía de tres horas. “En algún sitio en medio del mar cambiamos de embarcación para una en la que fuimos acostados para que los guardafronteras no nos detectaran. Al bajarnos nos dijeron que si no pagábamos cada uno 100 dólares nos devolvían. Por suerte, entre todos se reunió y se pagaron nuestros pasajes.”

“En el camino subimos una montaña de esas que cuando sales de La Habana ves y piensas que nadie puede escalar. Lo peor fue que al remontarla, descalza porque los zapatos me resbalaban, pisé un pedazo de columna vertebral. También encontré ropas de personas.”

Después de dos horas y media atravesando la loma, cuenta Susana, salieron a una playa conocida como La Miel. Llegaron casi deshidratados, sucios y cansados. “Los pies no me respondían y me temblaban pero estábamos en Panamá.”

Tercer país: Panamá

Unos 25 dólares valía el pasaje en una lancha hacia la ciudad, porque aquel sitio era como una isla. Unas amistades les ayudaron a costearlo.

“Cuando arribamos a Puerto Obaldía, Marcos habló con un amigo para que nos prestara 20 dólares para rentarnos, de lo contrario dormiríamos bajo un árbol. Nunca pasé tanta  hambre como en ese momento. Mientras todos comían cositas, mi marido  me peló como 300 almendras. Por suerte una panameña que trabajaba en una panadería y de la que me hice amiga, nos regaló pan.”

Días después un amigo les envió desde Estados Unidos 400 dólares, con lo que pudieron pagar deudas de sobrevivencia y obtuvieron los pasajes en avioneta hacia la ciudad de Panamá.

“Solo teníamos cinco dólares cuando aterrizamos, lo que costaba un arroz frito. Como eso no alcanzaba para los dos. Compramos pan, un paquete de perro caliente y un pomo de Coca Cola. Después llamamos a un amigo de mi papá que nos envió 100 dólares para llegar hasta su casa que está en Changuinola, pegada a la frontera con Costa Rica. Fueron 10 horas de viaje.”

A la intemperie

Con los amigos de su padre lograron comer como Dios manda después de muchos días. Desayunaron empanada con bistec de res, plátano frito, leche con café y jugo de naranja. “Eso en Cuba es un almuerzo. El amigo de mi padre nos prestó 500 dólares y, después de casi un mes en su vivienda, salimos hacia la frontera costarricense”.

Durmieron en un banco de mampostería al aire libre. “Allí se me encarnó un nicaragüense obsesionado con que me acostara a dormir con él en una rastra. Le dije que no estaba sola y respondió que no importaba, que los tres juntos también estaba bien. Lo rechacé.”

Para salir de ese lugar, escondidos de la policía, recurrieron a un contacto a quien pagaron con 500 dólares más que habían pedimos prestados. “Caminamos tres horas por el monte, oscuro y sin poder alumbrarnos, pero nos perdimos y salimos a una zona pantanosa. Estábamos enterrados hasta más arriba de las rodillas. Ni a mi peor enemigo se lo desearía.”

En una vivienda cercana a la frontera con Nicaragua esperaron que llegara la noche para luego caminar durante la madrugada por la selva. “Al salir a la carretera, nos cargaron a seis personas en cada carro. Por la mañana tomamos un bus en que viajamos durante 12 horas hasta la frontera con Honduras. Unos hombres montaron en caballos a las mujeres para andar más rápido. Si cruzabas el río ya no te podían hacer nada.”

Desde ahí hasta la capital de Honduras fueron 16 horas, y de ahí seguirían hasta Guatemala. “Llegamos después de 24 horas pero debía pagar 700 dólares para que nos cruzaran un río. El bote en que intentamos atravesar iba demasiado cargado —éramos 11 cubanos y 32 hondureños con niños de 3 y 4 años— y comenzó a llenarse de agua. En cierto momento tuvimos que bajarnos y nadar.”

“Horas más tarde nos subieron en un carro (sin techo y con unos tubos para agarrarnos) en los que cruzaríamos terraplenes y zanjas hasta llegar, finalmente, a México. Allí atravesamos el monte frío, por la madrugada, para evitar a la  policía federal que, de todas formas, me atrapó.”

Muda y sola

“En ese momento me daba igual si me regresaban a Cuba. Estaba cansada, pero para que el policía no supiera mi nacionalidad me hice pasar por muda hasta que me dejó salir.”

Susana pudo reencontrarse con el grupo con el que andaba y estuvo escondida en el monte hasta que amaneció. En ese momento los montaron en un bus y a las dos horas de camino los recogieron en una camioneta. “Viajamos acostados unos arriba de los otros para que no viéramos el camino. Quienes nos llevaban trabajaban como lo que son: traficantes de personas. Mi pareja se había quedado detrás porque ya no teníamos dinero para los dos.”

“En el pueblo mexicano de Tabasco, nos metieron en una casa  donde te tratan bien al principio pero después como a perros. Hay una sola cama y los que no entran en ella se acuestan en el piso o sobre una tabla. A las 3:00 de la madrugada nos levantaron de prisa con la orden de salir. Habían cogido a otro guía con 21 cubanos y tenían miedo de que chivatearan a nuestro grupo.”

“Pasaron los días y todo empeoraba. Yo tenía solo una parte del dinero necesario para continuar, así que comenzaron a presionarme. Una noche el patrón de la casa y dos coyotes propusieron que me acostara con ellos para arreglar lo de la plata. Respondí que no me llevaran de gratis, que me entregaran a Inmigración y me regresaran a Cuba. No iba a hacer nada con ellos. Al final no pasó nada. Al caer la noche del día siguiente nos sacaron de ahí para Reynosa… que es la frontera con Estados Unidos. Nos esperaban 1 950 Kilómetros que son como 36 horas de viaje.”

La obligaron a viajar al lado del chofer. “No paró de sacarme conversación”. Durante ese trayecto dos veces tuvieron que “coger el monte”: la primera un desierto, la segunda un sitio fangoso. “Como el guía decía lo que había que hacer mientras manejaba yo se lo tenía que comunicar a los otros cubanos. Era como una traductora. En esa travesía me enterré una espina por encima del zapato y quedé sin poder caminar.”

Fin del trayecto

Finalmente llegaron a una última vivienda en México, para que  se bañaran y se pusieran la mejor ropa disponible a esas alturas para estar presentable al entrar en Norteamérica. Susana vio que en esa casa casi se podría hacer un museo con las cosas que la gente deja: celulares, ropa de todo tipo, zapatos… “porque nada de eso llevas al cruzar el puente donde aparentas no ser cubano.”

“Los guías nos adelantaron un tramo en carro y nos dieron cuatro centavos para que entráramos al puente. Te dicen: “Camina y no hagas caso a nadie”. No teníamos problemas porque los coyotes pagan a los traficantes por cada uno de nosotros para transitar por su ruta. Por eso hay que darles 1500 dólares.”

“Caminé por el puente y al llegar hasta los oficiales presenté mi pasaporte. Dije que quería acogerme a la Ley de Ajuste Cubano, me recogieron el pasaporte, hicieron muchas preguntas, me quitaron mis cosas religiosas y llené unas planillas. Luego me soltaron.”

“Al salir solo podía pensar en cómo iba a llamar a mi familia para que me buscara.  Recordé entonces los dos dólares “de la suerte” que tenía en la cartera desde Cuba, cambié el billete en menudo y llamé a la prima de mi papá. Demoró seis horas en el camino y, cuando lo hizo,  yo estaba casi desmayada. Eran las 7:00 de la noche y no había comido nada desde el día anterior. Pero había llegado.”

Susana arribó a la ciudad de Houston, en Texas, a las 10:00 am del noveno día del último mes del año 2014. Allí vive.

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