Las angustias de septiembre

Por Carlitos

La maestra del mayor de mis hijos le dio un excelente primer grado, pero apenas terminó el curso emigró a Tenerife. La maestra de ahora es una jovencita que pasaron de cuarto para segundo grado porque… no hay profesores. Pero, más malos que buenos, y aun cuando los padres se quejan de historias de maestros con faltas de ortografía (reales y a veces un poco exageradas), dice la UNICEF que los niños cubanos aprenden más matemáticas y español que el promedio de los restantes países de América Latina. No es nada para hacer una fiesta sabiendo bien de otras carencias, pero indudablemente es una advertencia de que aún es algo que se puede salvar.

Más allá de la cantidad de maestros o la calidad de las clases el deterioro de la educación habría que verlo en muchos otros aspectos. No hay auxiliares de limpieza, por lo que los padres tienen que limpiar o (lo que termina pasando) pagar a alguien para que limpie. A pesar de los esfuerzos del Estado por reparar las escuelas, año tras año los padres reúnen dinero para comprar ventiladores, útiles de limpieza, reparar el mobiliario, etc. Los padres pagan como repasadores (muchas veces sin necesidad) a los mismos maestros que decidieron irse del aula. Y la comida del seminternado es lo suficientemente pobre o mala como para que muchos padres refuercen (si no sustituyan) el almuerzo cada día. Sacando cuentas, ¿todavía es gratuita la educación? No cobra el Estado, pero el padre paga.

No son pocos los casos de maestros que piden regalos o se ponen bravos si no les regalan el día del educador. Hay maestros que repasan en horario escolar y cobran por ello. Y el fraude (quizás no tanto en las primeras edades) ha pasado a ser visto como natural y aceptable para muchos padres y profesores. Lo preocupante, no es que haya maestros corruptos (no importa si pocos o muchos). Lo que preocupa es el riesgo de que todas esas prácticas (que suceden a los ojos de los niños), los corrompan a ellos o, por lo menos, de poner esos valores en conflicto con los que aprenden en la casa o bajo otras sanas influencias.

Por otro lado, percibo (sin ser experto) cierto atraso en los programas de estudio, quizás encartonados en concepciones ortodoxas y con poca capacidad para asimilar las corrientes más modernas. Por eso me preocupa que las escuelas estén empeñadas en que se sepan los múltiplos y no en desarrollar valores (o que los valores se enseñen como se enseñan los múltiplos), o en hacer una composición (“hoy fue un día muy feliz”) antes que un ensayo (donde se les entrene desde pequeños a defender un criterio). Por eso me preocupa que se enseñe una historia donde nuestros héroes y mártires son más parecidos a Superman (hombres invencibles y dotados de superpoderes) que a Elpidio Valdés. Por eso me preocupa que habilidades imprescindibles para el mundo que vivirán, como el inglés o el manejo de las nuevas tecnologías, estén siendo relegados casi completamente al sector privado y a los padres (que tienen dinero).

Pero sería un crimen arremeter contra los profesores que están en las aulas. Porque son esos, al fin y al cabo, malos, buenos y regulares, los que sustentan nuestro sistema educacional. Porque sinceramente, todavía encontramos en medio de la madeja, otras muchas historias de maestros espectaculares e historias de consagración y amor a los niños que valen solitas el esfuerzo. Malos, buenos y regulares creo que debieran sentir mucho más de nosotros, los tantas veces impertinentes padres, el agradecimiento por lo que hacen. Prefiero pensar en las causas que hacen que muchos se vayan y que otros se corrompan. La gente no nace corrupta, es el entorno el que las corrompe.

Por supuesto que en primer lugar está el salario. Podrá haber todas las justificaciones económicas del mundo, pero en estas cuestiones hay que ser bien pragmático. Si económicamente no es posible pagar a un maestro lo que vale para una sociedad como la nuestra, entonces hay que replantearse el diseño del sistema educacional. No tiene sentido seguir esperando a ver cuándo las mejoras económicas llegan para que, entonces, los maestros ganen lo que se merecen. En esa historia llevamos 25 años y aún no se ve el horizonte. El riesgo en este, como en muchos otros temas, es que cuando ese momento llegue ya no quede sistema educacional, porque se quedó sin maestros.

A estas alturas muchos de los padres preferiríamos que fueran más maestros por alumno, que las clases sean de una sola sesión (aunque no en primaria), y quien sabe cuántas cosas más, si ello garantiza que a los profesores que estén se les pague como es debido y que esa política salarial y educacional garantice que sean los mejores los que estén frente al aula. No sería el modelo ideal que pretendemos, pero probablemente mejor que el actual.

No obstante, creo que no es solo el salario. Es enorme la cantidad de cosas absurdas que se le exige a los maestros (en buen cubano, es mucha la machacadera): planes de clases, superación, reuniones metodológicas, reuniones educativas, etc., etc., etc. En cualquier lugar del mundo esto y más se le exige a los maestros, solo que se le mide el resultado y no el medio para alcanzarlos. En otras palabras: la calidad no se garantiza con más reuniones, planillas y cursos. Esa cantidad de horas en cosas muchas veces excesivamente formales aturden y contribuyen aún más al cansancio de los que todavía se atreven a quedarse en el sistema educacional.

Las angustias de septiembre, son las de todo el año, solo que septiembre nos la recuerda, y cada septiembre con más intensidad. Este año los titulares volvieron a decir que estábamos preparados para el inicio del curso escolar. Y sí, a lo mejor mucho y muy loable trabajo logístico y metodológico se hizo, pero las cuestiones medulares, no las de este curso, sino las que están poniendo en juego una de las principales razones por las que los cubanos querían que sus hijos crecieran en Cuba, una de las principales razones por las que tenemos hoy una joya en términos económicos (más de un millón de profesionales); esas cuestiones ¿cuándo estarán listas?

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