Los costos de la pausa

Por Carlitos

Siempre vale la agonía de la prisa…

SR

Los cubanos hemos tenido en los últimos años mucho de lo que hace rato añorábamos y merecíamos: una coyuntura internacional muy favorable, la eliminación de prohibiciones que el tiempo hizo absurdas (desde ir a hoteles, comprar celulares hasta la reforma migratoria) y el anuncio de cambios económicos trascendentales. Pero las primeras no son mucho sin las últimas. Y los cambios no acaban de llegar, o llegan con demasiada pausa.

¿Acaso no tiene costos (y muy graves) la pausa?

La pausa cuesta porque la vida sigue y la sociedad va mutando. Mientras la política se duerme en los laureles, los empresarios privados aprenden a hacer mucho dinero y burlar al fisco; los trabajadores estatales (que no pueden vivir de sus salarios) inventan fórmulas cada vez más sofisticadas para “luchar” o robar; los buenos profesionales y los jóvenes emigran, cada vez en mayor magnitud. Y la gente no lo hace porque son buenas o malas personas (al menos no esencialmente); la gente necesita vivir (más que sobrevivir), hacer su propio proyecto, y va buscando fórmulas, más allá de los pocos caminos que la sociedad les deja abiertos.

La vida real se va desconectando cada vez más de la sociedad proyectada. La incertidumbre sobre hacia dónde vamos se multiplica, los más desprotegidos terminan siendo los más afectados, la apatía política gana terreno y los interesados de que las cosas no cambien sacan provecho. El gobierno se ve obligado a tomar medidas bajo presión, cuando ya no tienen el mismo efecto o, incluso, cuando pueden tener un efecto contrario al que se demandaba.

La pausa cuesta porque la coyuntura internacional actual es solo eso, una coyuntura. ¿Alguien se ha preguntado por qué no acaba de despuntar la inversión extranjera? Los inversores lo ven todo muy confuso y también esperan cambios (es muy rara la dualidad de tipos de cambio y eso es solo la punta del iceberg). Con el tiempo, los inversores (al igual que nosotros) se pueden cansar y buscar otros destinos. Peor aún, puede que nos terminemos quedando con los peores inversores (los más riesgosos y/o los menos dispuestos a una inversión respetuosa del medio ambiente o de las leyes del país). Sería muy triste, porque la coyuntura internacional no es una casualidad, es el resultado de años de influencia de la resistencia del pueblo cubano, de la obra social y de solidaridad internacional de la Revolución.

La pausa cuesta porque la lentitud para asimilar los avances de las ciencias aplicadas y sociales, no solo aleja nuestra capacidad de desarrollarnos, sino que nos desfasa respecto a la velocidad impresionante a la que evoluciona el mundo moderno. La tecnología, por ejemplo, simplifica hoy muchísimas actividades de la vida humana (desde pagar la luz y recibir el salario, hasta comunicarse con la gente que uno quiere). Cada vez que hablo con un amigo que vive en otro país (incluso en países muy pobres), siento que no solo estamos lejos, sino cada vez más lejos. En un par de años que nos demoremos en ofrecer internet en las casas (algo que el mundo alcanzó hace mucho), se habrán inventado (y abaratado) nuevas tecnologías que ¿cuánto tiempo no demoraremos en tener?

La pausa cuesta, sobre todo, porque significa años en la vida de la gente. Cuatro años en la vida de una persona es mucho tiempo, imagínese en la vida de un joven. Pero no estamos hablando siquiera de los cuatro años que nos separan del último Congreso del Partido. Súmesele a cada minuto que pasa (sin que pase nada) todo el tiempo acumulado de esperar por mejoras duraderas en los ingresos, en la vivienda, en el transporte, en la calidad de los servicios básicos. ¿Cuánto ha durado el período que era “especial”?

La pausa cuesta porque resta credibilidad al proyecto de país que se defiende, o (peor aún) a la voluntad o la capacidad para llevarlo a cabo. Si existieran mayores espacios para cuestionar, dialogar o apoyar los cambios, fueran mucho más creíbles, aun cuando se demoraran. Mientras la política se piense y se haga desde compartimentados circuitos de expertos que un día nos toman por sorpresa con la noticia, será mucho más difícil. No solo tienen muchas más posibilidades de equivocarse (son menos cabezas, por muy expertas que sean), sino que no pueden dar abasto con la cantidad de problemas que hay que resolver. Hay mucha gente esperando de buena gana para aportar su pedacito.

La pausa cuesta, está costando mucho. Es cierto, los problemas son tan grandes y las soluciones tan riesgosas, que hay que pensárselo dos veces. Pero en política (como en todo en la vida), el que no arriesga no gana.

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