¿Quién va? ¡Universidad!

Por Tamarys Lien Bahamonde

Economista

 

Mi sueño era ser universitaria. Jamás planifiqué mi vida más allá de la carrera hasta que casi la tuve terminada, y fue tanta mi pasión por sus aulas que decidí quedarme y convertirme en profesora. Sin dudas de mis mejores experiencias, y también de las más complicadas. Descubrí muchas cosas en ese breve tiempo. Comprendí que un profesor no se forma en menos de 10 años de arduo y continuo trabajo y esfuerzo. Comprobé que los estudiantes esperan mucho más de uno de lo que uno espera de ellos. A veces me recibían desde el pasillo con dudas, me increpaban con argumentos difíciles de rebatir, y me enseñaron también que se podían motivar con pequeñas cosas: una frase tomada de un libro, un fragmento de un poema, una estrofa de una canción. Me propuse cada clase escribirles algo en la pizarra, o leerles en voz alta, y con el tiempo ellos mismos aportaban la frase del día. Me traían retazos de papel donde habían garabateado algo que les había llamado la atención y les parecía interesante. Un día, ya yo no llevaba más el pensamiento de apertura. No era necesario.

Los estudiantes universitarios son inquietos y curiosos. Así debe ser. El profesor tiene el deber de alimentar ambas cosas. Obviamente tuve todo tipo de experiencias como alumna, y por supuesto también profesores de todas las calidades. A los no tan buenos la vida los ha ido borrando como si ni siquiera hubiesen existido, pero los maravillosos quedaron, aún palpitan en mi memoria, y todavía recuerdo con nostalgia y mucho cariño sus clases, donde no solo se hablaba de la materia, sino de casi cualquier cosa. Porque de eso se trata el magisterio, de conectar con los estudiantes en un plano por encima de la academia, provocarlos más allá de lo que se viene a impartir, despertarles el interés por un mundo que es vasto y donde todo está conectado de forma indefectible. Hay que enseñar al estudiante a ver esas conexiones, a entender que nada ocurre aisladamente, y que el principio de la sabiduría es la duda y la curiosidad. Sin eso, la humanidad no habría sido capaz de llegar hasta aquí.

Ahora, ¿para qué la universidad? De regreso del panel del Último Jueves de la revista Temas, que trató precisamente sobre eso, me repetí la pregunta varias veces, casi como para comprenderla. Porque sobre todo, ¿qué universidad? ¿para quién esa universidad? La universidad de hoy está volcada hacia objetivos aparentemente novedosos. Financiadas en gran parte por compañías transnacionales, responden a los intereses de esas empresas con todo el costo que en la academia y desde el punto de vista de investigación eso conlleva. Se ha avanzado a superespecializados planes de estudio, donde se ha reducido al universitario a una escala tan pequeña del saber de su área de competencia que prácticamente se le vuelve inútil para algo más. Con ello, se le tiene preparado en apariencia para la modernidad y el mercado de trabajo actual. Pero ¿en serio? Lo que ocurre es todo lo contrario. El joven egresado tiene menos oportunidades precisamente porque su campo de especialización es estrecho y enfocado a una arista de su -potencialmente amplia- carrera.

Los planes de estudio han ido saltando de las manos de la sociedad, se han escapado del control de las universidades y han caído bajo las potentes influencias del mundo empresarial contemporáneo. Así, las carreras se han acortado, las horas presenciales también. El profesor ha perdido protagonismo frente al aula, y con ello además, se han aumentado las asignaturas de tipo “optativas” en detrimento del número de las obligatorias. El objetivo es sencillo: el propio estudiante conforma su diseño curricular de acuerdo con sus “intereses profesionales”.

Tengo mis dudas sobre el éxito de este modelo. Pudiera cuestionarme muchas cosas, pero solo pensemos en esto último: ¿De qué forma un estudiante puede saber qué es y qué no es importante en su formación? ¿Cómo se garantiza que está construyendo un diseño curricular efectivo y no una especie de monstruo de Frankenstein donde nada engarza ni conecta con nada? ¿De qué manera sabremos que las “optativas” propuestas responden a las verdaderas necesidades de la sociedad contemporánea?

Que eso ocurra en universidades distantes de Europa, en Estados Unidos, o en la propia América Latina puede no sorprendernos mucho, pero que ese modelo comience a hacer su entrada en Cuba, y que estemos abrazando la idea con emoción, debería mínimamente llamarnos la atención. Porque tengo que hacerme muchas preguntas al respecto. Por poner solo un ejemplo, cuando el plan de estudios disminuyó las horas presenciales, se defendió sobre la base del supuesto aumento de las horas de estudio individual. En una sociedad con el acceso adecuado a las tecnologías de la información y a la bibliografía no representaría un problema, pero no es el caso de Cuba. Conocidas son las limitaciones materiales de la sociedad cubana, de las que la universidad no queda exenta. Además, ¿se puede sustituir el papel formador del profesor frente al aula? No lo creo. Y mientras esta medida era tomada con la mano derecha, con la izquierda se implementaban modelos educativos diseñados casi para la escuela primaria. Si bien es malo no llegar, pasarse tampoco es saludable. El estudiante necesita autonomía. La FEU ha sido históricamente una organización de masas contundente, que se ha ajustado a los retos de su tiempo en cada momento y ha sido protagonista indiscutible de cada uno de ellos. El universitario es un adulto joven que merece respeto. Parte de ese respeto es su derecho a decidir. No necesita un profesor tomándolo de la mano y guiándolo casi a tientas por el mundo, pero tampoco se le puede dejar solo en la oscuridad sin conocer el terreno. La guía oportuna y sabia, debe venir de los profesores. Y se impone entonces la pregunta de rigor: Cuando nos demos cuenta ¿dónde estarán esos profesores ausentes?

 

 

 

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