Los gigantescos heraldos de Guanabacoa

Por JS
“Hay baches en la vía, tan grandes…”, atinó a decir Vallejo cuando el desvío del carro de alquiler lo obligó a reparar en el cráter abierto frente al populoso parque del Anfiteatro. Allí estaba, como un golpe del odio de Dios; y allí seguía, durante su segunda visita, y la tercera, y la cuarta. Sin dudas era el daño de una deidad, por su capacidad de perdurar y cambiar: ayer, seco y polvoriento; hoy, el cráter inundado de un agua oscura. “Quizás una de esas zanjas en el fiero rostro de la histórica villa”, pensó Vallejo.
En su quinto viaje llegó la sorpresa. A plena luz, bajo un sol de enero que esquivaba el débil invierno tropical, todo se humanizó. Los heraldos que golpeaban el suelo, eran hombres fundidos a sus viejos equipos; dirigidos por otros hombres fundidos a sus agendas. Justo a las once, cuando el roce del hierro con el asfalto olía a pan quemado en la puerta del horno, todos (los hombres-máquina y los hombres-agenda) corrieron a la sombra, miraron de soslayo el golpe a la Calzada y partieron, quizás con la escondida idea de que Vallejo pudiera seguir dando viajes a Guanabacoa e inspirarle sus heraldos negros. Ahora en el 2016.

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